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—Muy guapa —rió Ella—. No como tú, ¿eh, demi? Te pareces a tu padre. Yo quería una niña preciosa que se pareciera a mí —arrugó la nariz—. Menuda decepción que fuiste. —No todo el mundo puede ser guapo, madre. Prefiero ser lista. —Si fueras lista irías a la universidad y conseguirías un trabajo mejor —replicó Ella—. Ser asistente de un veterinario es muy vulgar.
—El veterinario jefe de donde trabaja demi es muy guapo —interrumpió Carly—. Intenté que me invitara a salir, pero me miró con frialdad y volvió a su despacho. Supongo que tiene alguna novia por ahí.
A demi la sorprendió el comentario. Carly mediaba los cuarenta y Bentley Rydel sólo tenía treinta y dos. Una vez le había mencionado que no soportaba a Carly; seguramente tampoco le gustaba la madre de demi, pero era demasiado educado para decirlo. Pero nunca necesitarían sus servicios. Ella odiaba a los animales.
—El jefe de demi es un pez muerto, como joe jonas—dijo Ella. Se recostó en la silla y estudió a su hija con expresión fría—. Nunca llegarás a ninguna parte con ese hombre. Puede que saque por ahí a su ex prometida, pero no es un amante apasionado.
—¿Cómo ibas a saberlo tú? —replicó demi, dolida porque su madre le hiciera ese comentario.
—Porque intenté seducirlo, más de una vez —sonrió burlona, disfrutando de la mirada de horror de su hija—. Es frío como el hielo. No responde con normalidad a las mujeres, ni siquiera cuando se le ofrecen físicamente. Diga lo que diga la gente sobre su tórrida relación con su ex prometida, te aseguro que no funciona bien.
—Puede que no le gusten las mujeres mayores —masculló demi, gélida. Sus ojos chispearon de ira al imaginarse a su madre probando sus malas artes con joe.
—Bueno, desde luego tú no le gustas —replicó Ella con sarcasmo y una mirada cruel—. Le dije que te gusta tu jefe y que te acuestas con él.
—¿Qué? —demi la miró horrorizada—. ¿Por qué?
—Quería ver qué decía —rió Ella—. Fue una decepción. No reaccionó en absoluto. Así que le pregunté si no se había fijado en qué buen tipo tienes, aunque no seas guapa; contestó que no lo atraían las niñas.
demi tenía diecinueve años, no era ninguna niña... Pero joe lo creía.
—Le dije que aunque parecieras una niña, sabías qué hacer con un hombre, y él se marchó —añadió Ella. Vio la expresión dolida de demi—. Así que supongo que tu pequeña fantasía de amor se quedará en eso. Le mencioné que estabas loquita por él y que no le costaría conseguir que cortaras con tu jefe. Dijo que eras la última mujer de la tierra que podría interesarle.
demi deseó que se la tragara la tierra. El comportamiento de joe empezaba a tener sentido. Su madre le contaba mentiras sobre demi y él se las tragaba. Se preguntó cuánto tiempo llevaría haciéndolo y si era su venganza porque joe la había rechazado. Fuera lo que fuera, la dejó devastada y no pudo tomar un bocado más.
—Igual progresarías con él si dejaras de vestirte con ropa de segunda mano y te maquillaras.
—Con mi sueldo, sólo puedo permitirme ropa barata —dijo demi.
—¿Eso es una pulla contra mí? —exigió Ella, con ojos como brasas—. Porque te doy un techo y comida. Sólo tienes que cocinar y limpiar de vez en cuando para ganarte alojamiento y manutención. Es más que justo. No estoy obligada a vestirte también.
—Nunca he dicho que lo estuvieras, madre.
—No me llames «madre» —gritó Ella—. Ni siquiera quería tenerte. Tu padre estaba deseando tener un hijo. Lo decepcionó que fueras una niña y yo me negué a quedarme embarazada otra vez. ¡Tardé años en recuperar la figura! —esbozó una sonrisa borracha—. Quise darte en adopción cuando tenías once años y tu padre se divorció de mí, pero dijo que te llevaría con él si le prestaba suficiente para abrir ese zoo. Así que lo hice, y nunca me lo devolvió, y me libré de ti. Él tampoco te quería, demi. Nadie te quería. Y nadie te quiera ahora.
—Ella —interrumpió Carly, incómoda—, eso es muy duro.
demi estaba blanca como una sábana. Ella parpadeó como si no fuera muy consciente de lo que decía. Miró a Carly desconcertada.
—¿Qué es duro? —preguntó.
Demi se puso en pie y empezó a recoger la mesa sin decir una palabra. Llevó los platos a la cocina. A su espalda oyó murmullos que fueron subiendo de tono hasta convertirse en una discusión. Salió al frío aire nocturno en mangas de camisa, con lágrimas deslizándose por sus mejillas. Se rodeó el cuerpo con los brazos y fue al jardín delantero, deteniéndose ante la barandilla que tenía vistas a Comanche Wells, sus praderas con pequeños grupos de árboles de hoja caduca que daban sombra a las zonas donde pastaba el ganado. Era una escena bellísima, con la luna brillando en las hojas del gran roble del jardín, que parecían pintadas color plata. Pero demi no podía apreciarlo, tenía náuseas.
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