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Experimentó una cierta emoción al abrir el candado de las puertas del garaje y penetrar en el interior. Rebuscó hasta dar con el interruptor que encendía la única bombilla del techo. Allí estaba el orgullo de su padre, totalmente cubierto por una funda de loneta hecha a medida y forrada de fieltro para que no se rayara la pintura. Maldita sea, ojalá lo hubiera dejado en casa de Zac. El automóvil no suponía tanto problema como Bubú, pero la tenía mucho más preocupada.
El factor decisivo para dejarlo en casa de ella, pensó, era que su garaje tenía aún aquellas puertas dobles pasadas de moda en lugar de una moderna que se deslizara hacia arriba. A su padre lo preocupaba que se viera el coche desde la calle, y Demi podía entrar en el garaje sin abrir las puertas más que los treinta centímetros que necesitaba para colarse ella misma, mientras que en el garaje doble de Zac se veía todo cada vez que se levantaba la puerta. A la primera oportunidad que se le presentara, pondría una puerta automática.
Había tapado su cortadora nueva con una sábana para que no se llenase de polvo. Retiró la sábana y pasó la mano por el frío metal. Quizás aquel garaje tan poco tecnificado no fuera el factor decisivo para que ella cuidara del coche; quizá fuera porque ella era la única de sus hermanos que sentía el mismo entusiasmo por los coches que su padre. Ella era la única que metía la nariz en el sedán que poseía la familia para observar las misteriosas entrañas mecánicas mientras su padre cambiaba el aceite y las bujías. Cuando tenía diez años, ya lo ayudaba. Cuando tuvo doce, se encargaba ella misma de la tarea. Durante un tiempo pensó en la posibilidad de hacerse ingeniera mecánica de automóviles, pero ello suponía varios años de estudios, y en realidad no era tan ambiciosa. Lo único que deseaba era un empleo bien pagado que no le resultara odioso, y se le daban tan bien los números como los motores. La encantaban los coches, pero no quería convertirlos en un trabajo.
Sacó la cortadora de césped pasando por el costado del automóvil de su padre, con cuidado de no rozarlo. La funda de loneta lo protegía del polvo, pero no quería arriesgarse en lo que concernía a aquel coche. Abrió una de las puertas del garaje justo lo suficiente para sacar la cortadora y condujo a su bebé a la luz del sol. La pintura roja lanzó destellos; las barras del manillar resplandecían. Oh, qué bonita era.
En el último minuto se acordó de algo acerca del ritual de cortar el césped, y llevó su coche hasta la calle; había que tener cuidado de no levantar accidentalmente alguna piedra que pudiera romper una ventanilla o rayar la pintura. Lanzó una mirada al automóvil del tipejo de al lado y se encogió de hombros; tal vez advirtiera las huellas de Bubú, pero no apreciaría un arañazo más en aquel cacharro.
Con una sonrisa de felicidad, encendió el pequeño motor.
Lo curioso de cortar el césped, descubrió, era que uno experimentaba una sensación instantánea de realización. Uno veía el lugar exacto por el que había pasado y lo que había conseguido. Su padre y Zac siempre se hacían cargo de aquella tarea cuando ella era niña, para gran alivio suyo, porque segar la hierba le parecía aburrido. Sólo cuando se hizo mayor comprendió el atractivo que suponía tener hierba propia, y ahora tenía la sensación de haber logrado por fin, a la edad de treinta años, entrar en el mundo de los adultos. Era dueña de una casa. Cortaba su césped. Genial.
Entonces, algo le dio unos golpecitos en el hombro.
Lanzó un chillido y soltó el manillar de la segadora antes de apartarse hacia un lado y volverse hacia su atacante. La cortadora de césped se paró en seco.
Allí estaba el vecino, con los ojos inyectados en sangre, un gesto feroz en la cara y la ropa sucia; su aspecto habitual. Alzó una mano y puso la palanca de la segadora en la posición de apagado, y el eficiente motorcillo se detuvo con un gruñido.
Silencio.
Durante un segundo, más o menos.
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